Mostrando entradas con la etiqueta Adoración. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Adoración. Mostrar todas las entradas

lunes, 28 de marzo de 2016

LA ADORACIÓN Y LA DIMENSIÓN DEL ESPÍRITU

TESTIMONIO de lo recibido de Dios en el derramamiento del Espíritu Santo en Argentina a partir del año 1967

Jorge Himitian


Cuando en la década de los sesenta Dios nos visitó con su Espíritu Santo, después de la novedad del bautismo del Espíritu, el hablar en lenguas, las profecías, los dones del Espíritu, lo primero que el Señor instaló entre nosotros fue la adoración. Lo cual era algo nuevo aun para las iglesias pentecostales. Por esa razón este será el primer tema que nos hemos propuesto abordar en esta serie de reuniones mensuales para pastores y esposas.

Mi presentación no será un estudio bíblico sobre el tema, sino un testimonio de lo que Dios hizo en nuestra generación. Mi objetivo es compartirles con mucha sencillez lo que recibimos de Dios, a fin de que las nuevas generaciones reciban de primera mano y no pierdan la esencia de la que vino de parte de Dios.


Introducción

Proverbios 29.18 dice: "Sin profecía el pueblo se desenfrena".
O como dice la NVI: "Donde no hay visión, el pueblo se extravía".
Por eso desde tiempos antiguos Dios se comunicó con su pueblo. Hebreos 1.1 y 2 dice:

"Dios habiendo hablado muchas veces y de mucha maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo… "

El Hijo es la revelación plena de Dios. Darse a conocer a sí mismo como el Mesías, el Hijo del Dios viviente, fue lo más importante que Jesús reveló a sus discípulos (Mateo 16.16). Y esto conlleva la maravillosa revelación de Dios como Padre. El Unigénito del Padre vino a fin de que su Papá llegue a ser nuestro Papá.

Además, mediante su ejemplo y sus enseñanzas les comunicó la doctrina (didaké) del Padre, la voluntad del Padre para todos los hombres.

Después de estar tres años con sus discípulos, en sus últimos días les dijo:

"Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo. El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes". (Juan 16.12-14 – BPD)

Y así sucedió. Cuando vino el Espíritu Santo los apóstoles recibieron la visión completa del Hijo de Dios, y del propósito eterno de Dios. El Espíritu comenzó a revelarles el misterio de Cristo y de la iglesia. En Efesios 3.5, Pablo escribe:
"Misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: "

Por eso cada vez que acontece un avivamiento, una irrupción del Espíritu en la historia, el Espíritu generalmente trae revelación. No una nueva revelación que no haya sido dada a los apóstoles y profetas del primer siglo, sino que Dios derrama espíritu de sabiduría y revelación para que comprendamos lo que ya había sido revelado por Cristo y por el Espíritu Santo a los profetas y apóstoles del primer siglo; revelación que, gracias a Dios, la tenemos registrada en las Sagradas Escrituras, principalmente en el Nuevo Testamento.


Los dos grandes derramamientos del Espíritu en el siglo XX

El primero ocurrió a comienzos del siglo pasado, lo que dio lugar al surgimiento del movimiento pentecostal, que llegó a ser el movimiento religioso de más rápido crecimiento en la historia contemporánea. Luego, en la década de los 60, hubo un nuevo derramamiento del Espíritu en muchos lugares del mundo, con características un poco diferentes al anterior. Fue conocido como movimiento carismático o de renovación. Esta vez abarcó a casi todas las denominaciones tradicionales evangélicas, y aun a los católicos.

Ese segundo derramamiento también ocurrió entre nosotros en Argentina. Algunos de los que estamos hoy aquí, por la gracia de Dios, somos de los primeros que fueron alcanzados por esa ola del Espíritu.


El cuadro de las iglesias evangélicas en la década del 60’

Isaías 44.3, describe muy bien lo que sucedió en nuestra generación.

"Porque yo derramaré aguas sobre el sequedal, y ríos sobre la tierra árida; mi Espíritu derramaré sobre tu generación y mi bendición sobre tus renuevos".

En aquellos años en Argentina los evangélicos éramos aproximadamente el 1% de la población. Las iglesias, que se habían establecido gracias a la bendecida y fecunda labor de los misioneros, al desaparecer la mayoría de esos pioneros, estaban pasando un tiempo de sequedad y aridez espiritual. En general se había entrado en una cierta rutina, siempre se oraba de la misma forma, se cantaban de la misma forma, se predicaba de la misma forma, prácticamente se sabía como iba a ser cada reunión.

Sin embargo, en un considerable número de hermanos había sed espiritual. Aunque hubo algunos brotes por aquí y por allí, en general se sentía la necesidad de un avivamiento. Por eso pegó muy fuerte ese coro que decía:

Hazme volver al río de Dios.
Hazme beber de tu río, Señor.
Hazme vivir por el río de Dios.
Hazme volver, hazme beber, hazme vivir.

En 1964, yo tenía 23 años de edad, y estaba muy activo en la obra, pero tenía una gran sed espiritual, buscaba casi desesperadamente ser lleno del Espíritu Santo. Mi búsqueda duró 18 largos meses. Y una noche, frustrado y queriendo dejar todo, orando con lágrimas en mi cuarto, Dios me habló. Me dijo -como quien le sopla un secreto a un amigo al oído- : “Es un don”. Yo había equivocado el camino, pues estaba buscando el premio del Espíritu Santo, que como resultado de mi auto-santificación llegaría el día en que Dios me premiaría con la llenura del Espíritu. ¡Qué revelación fue cuando Dios me dijo: “Es un don”! Estaba de rodillas orando al borde de mi cama, y me invadió tanta paz que me quedé dormido. A la mañana siguiente al despertar, le dije: Señor, si es un don (un regalo), ahora mismo lo voy a recibir. Y allí en mi cuarto aquella fría mañana de Julio 1963, el Señor me llenó con su Espíritu Santo.

Y así, aquí y allá, de diferentes modos y circunstancias, otros hermanos y pastores iban siendo llenos del Espíritu. Keith Bentson y su esposa, Alberto Darling, Iván Baker, Augusto Ericsson, Jorge Pradas, y muchos otros. Al principio la mayoría eran de los hermanos libres; y luego se extendió a pastores y hermanos de todas las denominaciones. Y alabábamos a Dios en nuevas lenguas. A pesar de haber tenido la mayoría de nosotros una fuerte formación anti-pentecostal.

Yo solía leer la Biblia de corrido en mis devociones personales, y recuerdo que en esos días estaba leyendo los profetas menores. ¡Uf, los profetas menores… qué aburrido! Estaba deseando llegar cuanto antes al N.T. Pero cuando recibí la unción del Espíritu, ¡los profetas menores se transformaron para mí en el Nuevo Testamento! La palabra cobró vida. Dios me hablaba. ¡Cómo se transformó mi tiempo de oración! Allí comprendí que para orar no era necesario cerrar los ojos. Aprendí a orar con los ojos abiertos y con la Biblia abierta. Orar la palabra, proclamarla, alabar con la palabra. Y así comencé a recibir revelación sobre la palabra. Se encendían las luces. Todo era nuevo. Era tal el gozo que después de un par de semanas comencé a hablar en nuevas lenguas, sin saber que eso era hablar en lenguas. No lo supe por meses. Desde mi interior brotaban alabanzas a Dios que sobrepasaban mi entendimiento y toda expresión conocida. Era un río. La comunión con Dios se volvió algo apasionante.

Lo mismo les sucedía a otros pastores y hermanos; y cuando nos juntábamos compartíamos la revelación que cada uno iba recibiendo de parte de Dios.
Se abrió así una nueva dimensión en nuestras vidas: LA DIMENSIÓN DEL ESPÍRITU.


La dimensión del Espíritu

Antes de esta experiencia nuestras reuniones habían caído en una rutina. Siempre de la misma forma. Se comenzaba cantando un himno; luego una oración; después otro himno; los anuncios, el mensaje, otro himno, la oración final, y a casa.

Cuando le damos libertad al Espíritu cada reunión es diferente. Pero lo más importante en cada reunión es experimentar aquello inefable que es la presencia de Dios.

Yo recuerdo que antes solíamos usar el versículo de Mateo 18.20 en las reuniones donde asistía poca gente, como un consuelo, diciendo: Hermanos aunque hoy seamos pocos, el Señor dijo: "donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos".

En cambio una reunión en la dimensión del Espíritu se transforma en un encuentro con Dios; porqué el Señor está presente y cada corazón lo siente, lo experimenta, lo vive. La fe se vuelve viva. La palabra cobra vida. El Espíritu se mueve.

Antes estábamos dominados por la dimensión de la mente. Occidente se caracterizaba por la dimensión racional, el conocimiento intelectual. La mente prevalecía sobre el Espíritu. Pero el derramamiento del Espíritu nos llevó a otra dimensión, a la dimensión del Espíritu; nuestro espíritu lleno del Espíritu de Dios. Y todo fue cambiando, todo fue transformándose.


Cantar en el espíritu

Aprendimos a cantar en el espíritu. Coros muy sencillos. Uno de esos coros decía:

Oh, Dios es bueno.
Oh, Dios es bueno.
Oh, Dios es bueno.
Dios es bueno para mí.

Recuerdo que Orville tomaba el acordeón y nos enseñaba a cantar en el Espíritu y adorar al Señor. Nos decía: El Señor está aquí. Cántale a él. Cierra tus ojos, o ábrelos, si quieres, pero cántale a él. Canta con el corazón. No simplemente con tus labios. Lo que cantas que fluya desde tu espíritu. Por allí se veía a una hermana que después de cantar una, dos o tres veces la misma canción, comenzaba a decir con sus propias palabras: ¡Señor tu eres bueno para mí…! y se le caían las lágrimas. Y otro más allá de rodillas diciendo: ¡Señor, siento tu amor, siento tu amor en mí...! Y así las reuniones fueron cambiando su formato, y entrando en otra dimensión: LA DIMENSIÓN DEL ESPÍRITU.

O este otro coro:

Maravilloso es él, maravilloso es él,
Maravilloso es él, Cristo el Señor…

Cuando aprendimos a cantar en el espíritu, Orville, algún tiempo después, nos enseñó a cantar los grandes himnos que la iglesia cantó en años y siglos anteriores.

A ti, Señor, Omnipotente Dios,
Con humildad alzamos hoy la voz;
- - -

¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! Señor Omnipotente,
Siempre el labio mío loores te dará…
- - -

De Jesús el nombre mis labios nunca callen;
El lirio es del valle, estrella del albor,
Es el Rey de gloria, y en mi corazón
De su amor la historia, por siempre es mi canción.

Es un canto de libertad…
- - -

Oh, Dios eterno, tu misericordia
Ni una sombra de duda tendrá;
Tu compasión y bondad nunca fallan,
Y por los siglos el mismo serás.

¡Oh, tu fidelidad! ¡Oh tu fidelidad!
Cada momento la veo en mí,
Nada me falta, pues todo provees.
¡Grande, Señor, es tu fidelidad!


Cantar la Palabra

En esta nueva dimensión del Espíritu surgió una nueva himnología. Comenzamos a cantar la palabra. Cantar las gloriosas verdades de la palabra de Dios.

Salmo 23.
Jehová es mi pastor nada pues me faltará…

Isaías 44.6
Así dice Jehová.
Así dice tu Redentor:
Yo soy el primero,
Yo soy el postrero,
Y fuera de mí no hay Dios.

Efesios 1.3-14
Bendito sea el Padre, de nuestro Salvador,
Que nos ha bendecido con toda bendición.

¿Qué es lo que acciona el espíritu? La fe. La fe en la palabra.
Cuando yo creo la palabra con todo el corazón, y la canto, es entonces que entró en la dimensión del espíritu. Porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación.

¿Creo que Jehová es mi pastor, y que nada me faltará?
¿Creemos que el Padre nos ha bendecido con toda bendición espiritual?
Si lo canto sin creer, no pasa nada. Pero si lo canto creyendo cada palabra, me fortalezco, soy renovado en el espíritu de mi mente, soy transformado.

Y llega un momento que ni las palabras nos alcanzan. Desbordamos, nos brotan nuevas lenguas, queremos danzar, queremos volar… casi somos transfigurados.
Y en este ambiente de fe, de presencia de Dios, vienen las profecías, se manifiestan los dones, ocurren milagros, visiones, revelaciones. Sabemos que adoramos a un Dios vivo, real, cercano, presente. Que habla, que sana, que liberta, que salva, y que hace maravillas.


Adoración

Antes sabíamos cantar, orar, predicar, enseñar. Pero no sabíamos lo que era adorar. Yo pensaba que adorar era cantar algún himno que incluyera la frase “Te adoramos…” No tenía idea. Dios es espíritu, y los que le adoran es necesario que lo hagan en espíritu y en verdad. Solo se puede adorar en la dimensión del Espíritu. Adorar es postrarse delante de alguien que está presente, es postrarnos ante la majestad de Dios. Adorar es encontrarse con Dios y rendirle máxima reverencia, gloria, honra, amor; es entregarnos por completo; es darle todo a él. Es reconocer que todo es suyo, y entregárselo de corazón. Es reconocer su grandeza y humillarnos ante Él reconociendo nuestra pequeñez. Adorar es besar el suelo, el polvo, reconociendo que somos polvo, nada, y que todo viene de él.

Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder.
Tuya también la gloria, victoria y el honor.
Tuyos los dominios, oh Jehová,
Y tú eres excelso sobre todo. (1 Crónicas 29.11)
La antesala de la adoración es la contemplación, y la contemplación nos lleva a la admiración, nos quedamos embelezados por él, maravillados por su majestad, su poder, su reino, su fidelidad, su firmeza. Somos conmovidos por su amor, su misericordia, su gracia, su fidelidad, su hermosura. Vienen las lágrimas, el gozo. Experimentamos lo inexplicable, lo inefable, en la adoración entramos en la esfera de la eternidad.

Cristo, Cristo, Cristo,
Nombre sin igual para mí que encanta el corazón.
Cristo, Cristo, Cristo,
A tu amor me rindo en sincera adoración.
- - -

Cristo, Cristo, Cristo es tu nombre sin igual.
Amo, Maestro, Cristo; cual fragancia tras la lluvia.
Cristo, Cristo, Cristo; te proclame todo ser.
/Reyes y reinos pronto pasarán,
Mas tú permanecerás. /


El Espíritu es creativo, siempre es nuevo, crea nuevas canciones, nuevas expresiones. Pero hay veces que para expresar lo que sentimos usamos una sola palabra: ¡Aleluya! Y la repetimos no se cuántas veces. Es que no es simplemente una palabra, con los ojos de la fe estamos viendo a Dios en su trono, en su majestad, en su gloria, y le decimos: ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya! Cada nuevo ʹAleluyaʹ, no es una repetición, es un nuevo ¡Aleluya! Es como el río. Es el mismo río, pero las aguas que corren no son las mismas, son siempre nuevas.
El que no conoce la dimensión del Espíritu, no entiende esto, piensa: Qué aburrido… Repiten y repiten la misma palabra. Pero al que está viendo a Dios, no le resulta nada aburrido, más bien quiere que ese momento no se acabe nunca. El Espíritu nos conecta con la dimensión celestial, con el trono de Dios, con la multitud de ángeles que le alaban en la dimensión eterna.


La esencia que no podemos perder.

Luego vinieron nuevos coros y también nuevos instrumentos. Al acordeón le agregamos una guitarra; después el órgano electrónico, la trompeta... Más adelante, con el avance de la tecnología vinieron los teclados, sintetizadores, baterías, guitarras eléctricas, bajos, etc. Todo está bien. El Salmo 150 cobró vida, "alabadle con cuerdas y flautas, alabadle con címbalos resonantes…"

Pero hay un peligro sutil: quedarse con las nuevas formas, el nuevo estilo, la nueva himnología, y perder la esencia.
¿Cuál es la esencia? La presencia de Dios; el Espíritu; el encuentro con Dios.

Si está la esencia, y queremos agregarle 120 instrumentos y armar una orquesta sinfónica, podemos. Sería maravilloso. A mí me encanta. El peligro es que una buena orquesta o una banda con 5, 10 ó 15 buenos músicos y buenas voces, suena muy bien, y casi pareciera que no necesitamos al Espíritu Santo. Es muy fácil quedarse con la forma y perder la esencia.

Hoy la mayoría de las Iglesias Evangélicas de América Latina y del mundo ha renovado sus instrumentos y su himnología. Hoy hay más profesionalidad, canciones muy lindas y modernas, ejecutantes y cantantes excelentes en muchos casos, pero ¿Dónde está el Espíritu; el mover del Espíritu Santo en la reunión? ¿Qué lugar le damos al Espíritu para hacer y decir lo que Dios quiere a su pueblo?
Eso es lo que no podemos perder, lo que no podemos dejar. Eso es lo que Dios ha restaurado, su presencia en medio de su pueblo, la gloria de Dios llenando su casa.


En el lugar santísimo

Qué maravilloso es saber que el velo ha sido roto; que tenemos libertad para entrar al lugar santísimo, a la misma presencia de Dios.

Uno de los primeros coros que cantábamos en la casa de Alberto Darling fue:

Aleluya, aleluya,
Tras el velo penetré y su gloria allí hallé.
Aleluya, aleluya,
Hoy yo vivo en la presencia de mi Rey.
Antes el sacerdote solo podía entrar hasta el lugar santo. Pero cuando Cristo murió el velo se rompió.

En el A.T. el santuario era algo visible, algo material; ya sea el tabernáculo o el templo. La gente lo podía ver con los ojos físicos. Todo lo cual era una mera figura del santuario invisible: el santuario celestial, de la verdadera presencia de Dios.

Hebreos 12 dice: "Ustedes no se han acercado al monte que se podía palpar, al fuego, al sonido de la trompeta… ustedes se han acercado al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial…"

Es decir, no se han acercado a la dimensión material, sino a la dimensión espiritual…

Todo eso que en A.T. se podía ver, palpar, oler, percibir por medio de los cinco sentidos era solo una maqueta del verdadero santuario.

En cambio ahora tenemos acceso a ese santuario que está en la dimensión del espíritu. Ahora por la fe vemos al Invisible; contemplamos al Rey de los siglos; entramos al santuario celestial en plena certidumbre de fe; y vemos a Aquel que está sentado en el trono, y al Cordero. Nos unimos al coro celestial y con ellos adoramos cantando:

Al que está sentado en el trono,
Y al Cordero, sea la alabanza,
Y la honra, y la gloria y el poder,
Por los siglos de los siglos. Amén.
La letra de esta alabanza esta tomada literalmente de Apocalipsis 5.13. La música la compuse yo; pero en realidad yo no la compuse, yo la escuché en mi espíritu mientras adoraba a Dios en la sala de mi casa con la Biblia abierta en este capítulo, estaba leyendo y adorando, cuando escuché esta melodía cantada con las palabras del versículo 13. Tomé la guitarra y comencé a cantarla yo también.


Espíritu de sabiduría y de revelación

Pablo escribiendo a los efesios dice: Les escribo esta carta, pero mientras lo hago, ruego a Dios, "el Padre de gloria, que les de espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro corazón para que sepan cuál es la esperanza a la que él los ha llamado…" (Efesios 1.17-18). Era importante escribirles la carta, pero no era suficiente; por eso oraba pidiendo que ocurriera en ellos esta obra sobrenatural que se llama ʹrevelaciónʹ.

Cuando en el espíritu entendemos a Dios, lo conocemos, comprendemos su voluntad, se abre en nuestras vidas y en la vida de la iglesia una nueva dimensión de las abundantes riquezas de gloria y del poder sobrenatural que tenemos en Cristo Jesús.
Así la palabra se torna viva; y por la revelación vemos lo que Dios ve; oímos lo que Dios dice; experimentamos los que Dios nos ha dado; y somos transformados a su imagen y semejanza.

La iglesia de occidente había quedado atrapada, limitada a la dimensión de la mente, del conocimiento intelectual, pero este mover del Espíritu vino para introducirnos a esta esfera del conocimiento espiritual, que no es nada extra bíblico, sino por medio de la Palabra registrada en la S.E. No queremos nada fuera de la Palabra, menos contra la Palabra, pero la Palabra con el Espíritu se hace luz, cobra vida; y nuevamente el Verbo (la Palabra) se hace carne, esta vez en nosotros.

Conclusión

El primer punto de la visión es este: ʹla dimensión del Espírituʹ. Todo lo demás va a funcionar, si funcionamos en esta dimensión.

Yo soy del siglo pasado, disculpen los más jóvenes que he usado himnos y canciones de hace varias décadas, es que son los que domino y conozco. Para nada estoy pretendiendo que volvamos a las canciones de hace 30, 40 ó 50 años, -aunque el buen maestro saca de su tesoro cosas viejas y cosas nuevas-. Lo importante es que no perdamos la esencia; y si la perdimos, procuremos recuperarla. Que volvamos a la sencillez, al primer amor, al Espíritu, a la presencia de Dios.

La esencia siempre se expresará en formas concretas y exteriores; pero quedarnos con las formas, aunque sean más lindas y agradables, sin la esencia, es solo apariencia. Y todo lo religioso y litúrgico suele correr ese riesgo.

Prioricemos al Espíritu Santo en todo.

Hazme volver al río de Dios,
Hazme beber, de tu río, Señor,
Hazme vivir por tu río, Señor,
Hazme volver, hazme beber, hazme vivir.


martes, 22 de septiembre de 2015

¿Que paso con la adoración? A.W.Tozer

LA ADORACIÓN EN LA IGLESIA CRISTIANA

Yo sé tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente!
Así por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca.
Porque dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad: y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.
Te aconsejo que de mí compres oro refinado por fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para que te cubras, y no quede al descubierto la vergüenza de tu desnudez: y unge tus ojos con colirio, para que veas.
Yo reprendo y corrijo a todos los que amo: sé, pues, celoso, y arrepiéntete.
He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.
Al que venza, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono.
El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Apocalipsis 3:15-22


Las iglesias cristianas han llegado al peligroso tiempo predicho hace tanto tiempo. Es una época en la que nos podemos dar palmaditas en la espalda y felicitarnos unos á otros, unirnos al coro: «¡si somos ricos, nos hemos enriquecido, y de ninguna cosa tenemos necesidad.
Desde luego, es cierto que apenas si nos falta algo en nuestras iglesias hoy en día... excepto lo más impor­tante. Estarnos carentes de la ofrenda genuina y sagrada de nosotros mismos y de maestra adoración al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
En el mensaje de Apocalipsis, el ángel de la iglesia de Laodicea recibe esta acusación y este llamamiento (3:17. 19):
Dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad... Yo reprendo y corrijo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete.

Mis propias lealtades y responsabilidades están y siempre estarán con las iglesias fuertemente evangélicas, creyentes en la Biblia y que dan honra a Cristo. Nos hemos proyectado adelante. Estamos edificando grandes iglesias y congregaciones. Nos jactamos de elevadas normas y hablamos mucho acerca del avivamiento.

Pero quiero hacer una pregunta, y no es mera retó­rica: ¿Que le ha sucedido a la adoración?
La contestación de muchos es: "Somos ricos y no tenemos necesidad de nada. ¿No dice esto algo acerca de la bendición de Dios?

¿Sabías que el célebre filósofo Jean-Paul Sartre que es tan citado, describe su dirigirse a la filosofía y a la desesperación como un apartamiento de una iglesia secularista? Dice: «No reconocí en el Dios atrayente que me enseñaban a aquel que estaba esperando por mi alma. Yo necesitaba un Creador: ¡me dieron un gran negociante!»
Ninguno de nosotros está tan preocupado como debiera por la imagen que verdaderamente proyectamos a la comunidad que nos rodea. AI menos, no cuando profesamos pertenecer a Jesucristo y seguimos fallando en exhibir Su amor y compasión como debiéramos.
Los cristianos fundamentalistas y «ortodoxos» hemos ganado la reputación de ser «tigres», grandes luchadores por la verdad. Nuestras manos están llenas de callos por los guanteletes de bronce que hemos llevado al golpear a los liberales. Por causa del significado de nuestra fe cristiana para un mundo perdido, estamos obligados a mantenemos por la verdad y a contender por la fe cuan­do ello es necesario.

Pero hay un camino mejor, incluso en nuestros tratos con los liberales en fe y en teología. Podemos hacer mucho más por ellos asemejándonos a Cristo que lo que podemos hacer batiéndolos en la cabeza, en sentido figurado, con nuestros nudillos.

Los liberales nos dicen que no pueden creer la Biblia. Nos dicen que no pueden creer que Jesucristo fue el unigénito Hijo de Dios. Al menos, la mayoría de ellos son honrados acerca de ello. Por otra parte, estoy seguro de que no vamos a hacer que doblen la rodilla maldiciéndolos. Si somos conducidos por el Espíritu de Dios y si mostramos el amor de Dios que este mundo necesita, nos transformamos en «santos atrayentes».

Lo extraño y maravilloso acerca de esto es que los santos verdaderamente atrayentes y amantes ni siquiera conocen su atractivo. Los grandes santos del pasado no sabían que eran grandes santos. Si alguien se lo hubiera dicho no lo hubieran creído, pero los que estaban a su alrededor sabían que Jesús estaba viviendo Su vida en ellos.
Creo que nos unimos al grupo de los santos atrayentes cuando se nos hacen claros los propósitos de Dios en Cristo. Nos unimos a este grupo cuando comenzamos a adorar a- Dios por ser Él quien es,
A veces los cristianos evangélicos parecen confusos e inciertos acerca de la naturaleza de Dios y de Sus propó­sitos en creación y redención. En tales casos, los pre­dicadores son a menudo los culpables. 

Sigue habiendo predicadores y maestros que dicen que Cristo murió para que no bebiéramos, no fumáramos y no fuéramos al teatro, ¡No es para asombrarse que la gente esté confundida! No es para asombrarse que se habitúen a recaer cuando tales cosas son las que se les presenta como la razón para la salvación.
¡Jesús nació de una virgen, sufrió bajo Poncio Pilato, murió en la cruz y resucitó de la tumba para transformar a los rebeldes en adoradores! Lo ha hecho todo de gracia. Nosotros somos los que recibimos de ella.

Puede que esto no suene a dramático, pero es la reve­lación de Dios y el camino de Dios.
Otro ejemplo de nuestros pensamientos erróneos acerca de Dios es la actitud de tantos de que Dios es ahora un caso caritativo. Como si fuera un encargado frustrado que no puede encontrar ayuda suficiente. Como estando junto al camino pidiendo cuántos vendrán en su ayuda y comenzarán a hacer Su obra.

¡Ah, si tan sólo recordáramos quién El es! Dios nunca realmente nos ha necesitado. ¡A ninguno de nosotros! Pero nos imaginamos que sí nos necesita, ¡y hacemos de ello una gran cosa cuando alguien acepta "trabajar para el Señor»!
Todos debiéramos estar dispuestos a trabajar para el Señor, pero es una cuestión de gracia de parte de Dios. Tengo la opinión de que no deberíamos preocuparnos por trabajar para Dios hasta que hayamos aprendido el significado y el deleite de adorarle Un adorador puede trabajar con calidad eterna en su trabajo pero un obrero que no adora está sólo apilando madera, paja y hojarasca para el tiempo en que Dios abrase el mundo.

Me temo que hay muchos cristianos profesantes que no quieren oír tales declaraciones acerca de su «activo programa de trabajo», pero es la verdad. ¡Dios quiere llamamos de vuelta a aquello para lo que nos creó: a adorarle y a gozar de Él para siempre! Es así, por una profunda adoración, que llevamos a cabo Su obra.

Oí a un presidente de una universidad decir que la Iglesia está «sufriendo una fiebre de amateurismo».
Cualquier persona inexperta, impreparada, inespiritual y vacía puede iniciar algo religioso y encontrar abun­dancia de seguidores que le oirán, y pagarán y promo­verán su causa. Podrá llegar a hacerse muy evidente que la tal persona, para empezar, jamás había oído de Dios.
Estas cosas están sucediendo a nuestro alrededor porque no somos adoradores. Si estamos verdadera­mente entre los adoradores no estaremos malgastando el tiempo en proyectos carnales o mundanos.

Todos los ejemplos que tenemos en la Biblia ilustran que la adoración feliz, devota y reverente es el empleo norma de los seres morales. Cada atisbo que se nos da del cielo y de los seres creados por Dios es siempre un atisbo de adoración y de regocijo y alabanza por cuanto Dios es quien es.
En Apocalipsis 4:10. 11, el apóstol Juan nos da un claro retrato de los seres creados alrededor del trono de Dios. Juan habla de la ocupación de los ancianos de esta manera:

Los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo:
Señor, eres digno de recibir la gloria y el honor y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas.
Puedo decir con certeza, en base a la autoridad de todo lo que está revelado en la Palabra de Dios, que cualquier persona, hombre o mujer en esta tierra, que se siente aburrida y repelida por la adoración no está lista para el cielo.
Pero casi puedo oír decir a alguien: «¿Se estará Tozer apartando de la justificación por la fe? ¿No hemos oído siempre que somos justificados y salvados y en nuestro camino al cielo por la fe? Os aseguro que Martín Lutero nunca creyó en la justificación por la fe con más fuerza que yo mismo. Creo en la justificación por la fe. Creo que somos salvos por la fe en el Hijo de Dios como Señor y Salvador.

Pero en la actualidad hay una cualidad automática, mortífera, acerca de ser salvo. Y me preocupa mucho. Digo una cualidad «automática». «Póngase una canti­dad de fe como una moneda en la ranura, baje la palanca y saque la pequeña tarjeta de la salvación. Póngala en su cartera, y ¡ya se puede ir!»
Después de esto, el hombre o la mujer pueden decir: «Sí soy salvo.» ¿Cómo lo sabe? «Puse la moneda en la ranura. Acepté a Jesús y firmé la tarjeta.»

Muy bien. No hay nada intrínsecamente malo fir­mando una tarjeta. Puede ser algo de ayuda para saber quién ha hecho una indagación.
Pero la verdad, hermano y hermana, es que hemos sido traídos a Dios y a la fe y a la salvación para que adorásemos a Dios en contemplación arrobada. No veni­mos a Dios para ser cristianos automáticos, cristianos de corte, cristianos hechos con un molde.

Dios ha dado Su salvación para que podamos ser, individual y personalmente, vibrantes hijos de Dios', amar a Dios con todo nuestro corazón y adorándole en la hermosura de la santidad.
Esto no significa, ni lo estoy diciendo, que debamos adorar a Dios todos de la misma manera. El Espíritu Santo no obra mediante la idea o fórmula preconcebida de nadie. Pero sí sé esto: cuando el Santo Espíritu de Dios viene entre nosotros con Su unción, nos conver­timos en un pueblo adorador. Para algunos esto puede ser difícil de admitir, pero cuando estamos verdade­ramente adorando y contemplando arrobados al Dios de toda gracia, de todo amor y misericordia y de toda verdad, puede que no nos quedemos lo suficientemente quietos para agradar a todos.

Leo la descripción de Lucas de las multitudes en aquel primer Domingo de Ramos:
Cuando llegaban ya cerca de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos comenzó a alabar con alegría a Dios a grandes voces por todas las maravillas que habían visto, diciendo:
¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en las alturas!
Entonces algunos de los fariseos de entre la multitud le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos. Él res­pondiendo, les dijo: Os digo que si éstos callan, las piedras clamarán (19:37-40).

Dejad que os diga dos cosas aquí.
Primero, no creo que sea necesariamente cierto que estamos adorando a Dios cuando hacemos mucho ruido. Pero no es infrecuente que la adoración sea audible.
Cuando Jesús entró en Jerusalén presentándose como el Mesías hubo una gran multitud, y mucho ruido. Es indudable que muchos se unieron en los cánticos y en la alabanza que nunca habían aprendido a cantar afinando. Cuando se tiene un grupo de gente cantando donde sea, uno sabe que algunos no entonarán bien. Pero éste es el punto central de su adoración. Estaban
En segundo lugar, quisiera advertir a los que están revestidos de cultura, que son quietos, que se dominan a sí mismos, calmados y sofisticados, que si se sienten embarazados en la iglesia cuando algún feliz cristiano dice «¡Amén!», puede que estén realmente necesitando algo de iluminación espiritual. Los santos adoradores de Dios en el Cuerpo de Cristo han sido frecuentemente un poco ruidosos.

Espero que hayas leído algunos de los devocionales dejados por aquella vieja santa inglesa, Lady Julián, que vivió hace más de 600 años.
Escribió un día que había estado meditando acerca de cuan excelso y sublime era Jesús, y, sin embargo, cómo Él mismo suple la parte más humilde de nuestro deseo humano. Recibió tal bendición dentro de su ser que no se podía dominar. Lanzó un grito y alabó a Dios en voz alta en latín.
Traducido, habría salido algo así como «¡Bien, gloria a Dios!»

Ahora bien, si esto te turba, amigo, puede ser porque tú no conoces el tipo de bendiciones espirituales y deleite que el Espíritu Santo está esperando dar entre los santos adoradores de Dios.
¿Te has dado cuenta de lo que dijo Lucas acerca de los fariseos y de su petición de que Jesús reprendiera a Sus discípulos por alabar a Dios a grande voz? Sus normas rituales probablemente les permitían musitar las palabras «¡Gloria a Dios!», pero realmente les apenaba oír a alguien decirlas en voz alta.

Jesús les vino a decir a los fariseos: «Están hacien­do lo correcto. Dios mi Padre. Yo y el Espíritu Santo debemos ser adorados. Si los hombres y las mujeres no me adoran, ¡las mismas piedras clamarán mis alabanzas!
Aquellos fariseos religiosos, pulidos y alisados y vuel­tos a pulir, se habrían muerto de impresión si hubieran oído a una roca dar una voz y alabar al Señor.

Bien, nosotros tenemos grandes iglesias y hermosos santuarios, y nos unimos en el coro de «De nada tenemos necesidad». Pero hay todas las indicaciones de que nece­sitamos adoradores.
Tenemos muchos hombres dispuestos a sentarse en nuestras juntas de iglesia que no tienen deseo de gozo ni radiancia espiritual, y que nunca se presentan en las reuniones de oración de la iglesia. Éstos son hombres que a menudo toman las decisiones acerca del presu­puesto de la iglesia y de los gastos de la iglesia, y adonde irán los adornos en el nuevo edificio.
Éstas son las personas que gobiernan la iglesia, pero no puedes conseguir que vayan a la reunión de oración, porque no son adoradores.

Quizá no creas que ésta es una cuestión importante, pero esto, por lo que a mí respecta, te pone al otro lado. Me parece que siempre ha sido una terrible incon­gruencia que personas que no oran y que no adoran están sin embargo dirigiendo muchas de las iglesias y, finalmente, decidiendo la dirección que van a tomar.
Quizá nos hiera muy de cerca, pero deberíamos con­fesar que en muchas «buenas» iglesias dejamos que las mujeres oren y los hombres voten.
Debido a que no somos verdaderamente adoradores, pasarnos mucho tiempo en las iglesias sólo rodando las ruedas quemando la gasolina, haciendo ruido, pero no llegando a ninguna parte.
¡Oh, hermano! ¡Oh, hermana! Dios nos llama a adorar, pero en muchos casos nos dedicamos a un entrete­nimiento, sólo a la zaga de los teatros.

Ahí es donde estamos, incluso en las iglesias evan­gélicas, y no me importa deciros que la mayoría de las personas que decimos estamos tratando de alcanzar nunca vendrá a la iglesia a ver un montón de actores amateurs exhibiendo un talento de andar por casa.
Os lo digo: Fuera de la política, no hay ningún otro campo de actividad que tenga más palabras y menos hechos, más viento y menos lluvia.
¿Qué vamos a hacer acerca de esta maravillosa y her­mosa adoración a la que Dios nos llama? Antes preferiría adorar a Dios que hacer otra cosa que yo sepa en todo este ancho mundo.
No intentaré siquiera deciros cuántos himnarios están apilados en mi estudio. No puedo cantar media­namente bien, pero esto no es cosa que le importe a nadie. ¡Dios me considera un astro de la ópera!
Dios me oye mientras le canto los viejos himnos franceses traducidos, los viejos himnos latinos traduci­dos. Dios me escucha cuando le canto los viejos himnos griegos de la iglesia de Oriente, así como los hermosos salmos en metro y algunos de los más sencillos cánticos de Watts, Wesley y el resto.

Quiero decir que preferiría adorar a Dios que hacer cualquier otra cosa. Puede que contestes: -Si adoras a Dios no haces nada más.»
Pero esto sólo demuestra que no has hecho tus debe­res. La parte hermosa de la adoración es que te prepara y capacita para lanzarte a las cosas mas importantes que se deben hacer para Dios.
¡Escúchame! Prácticamente cada gran acción hecha en la iglesia de Cristo remontándonos hasta el apóstol Pablo fue hecha por personas ardientes con la radiante adoración de su Dios.
Un examen de la historia de la iglesia te demostrará que fueron los ardientes adoradores los que también vinieron a ser los grandes obreros. Aquellos grandes santos cuyos himnos cantamos tan tiernamente eran activos en su fe hasta el punto de que tenemos que asombrarnos de cómo pudieron hacerlo todo.

Los grandes hospitales surgieron de los corazones de hombres adoradores. Las instituciones mentales sur­gieron de los corazones de hombres y mujeres adora­dores y compasivos. Deberíamos decir también que allí donde la iglesia ha salido de su letargo, levantándose de su sueño y en las mareas del avivamiento y de la reno­vación espiritual, siempre los adoradores estaban detrás de ello.
Cometeremos un error si sólo nos refrenamos y de­cimos: «Pero si nos damos a la adoración, nadie hará nada.»

Al contrario, si nos damos al llamamiento de Dios a adorar, cada uno hará más de lo que está haciendo ahora. Sólo que lo que él o ella hagan tendrán signifi­cancia y sentido. Tendrá la cualidad de la eternidad en sí: será oro, plata y piedras preciosas, no madera, paja y hojarasca.
¿Por qué deberíamos estar callados acerca de las ma­ravillas de Dios? Deberíamos unirnos felices a Isaac Watts en uno de sus himnos de adoración:

Bendice, alma mía, al Dios viviente,
llama de vuelta tus pensamientos que vagan en redor.
Que todos los poderes en mí se unan
En obra y culto divino de adoración.
Bendice, alma mía, al Dios de gracia. Sus favores demandan tu más suma alabanza. ¿Por qué las maravillas que Él ha obrado Se han de perder en silencio, olvidadas?
Que toda la tierra Su poder confiese. Que toda la tierra Su gracia adore. Los gentiles, con los judíos, se unirán En obra y culto divino de adoración.
No puedo hablar por ti, pero quiero estar entre los adoradores. No quiero ser simplemente parte de alguna gran maquinaria eclesiástica donde el pastor le da a la manivela y la máquina va. Ya lo sabes: el pastor ama a todos, y todos le aman a él. Tiene que hacerlo. Le pagan para esto.


Quisiera que pudiéramos volver a la adoración.

Entonces, cuando la gente entre en la iglesia se dará cuenta en seguida de que han entrado entre personas santas, el pueblo de Dios. Podrán testificar: «En verdad Dios está en este lugar.»