viernes, 14 de septiembre de 2012

La vieja y la nueva cruz.

LA PALABRA DE LA  CRUZ ES LOCURA PARA LOS
 QUE SE PIERDEN

“Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.”
                                                                                1 Corintios 1:18
  

Sin hacerse anunciar y casi desapercibida, una  nueva cruz se introdujo en los círculos
religiosos de los tiempos modernos. Se parece a la  antigua cruz, pero es diferente; las
semejanzas son superficiales, las diferencias, fundamentales.
   Una nueva filosofía  brotó de esta nueva cruz con respecto a la vida cristiana, y de esta
filosofía surgió una nueva técnica religiosa, un nuevo tipo de reunión y una nueva forma de
predicación. Este nuevo evangelismo emplea el mismo lenguaje que el antiguo, pero su
contenido no es el mismo y su énfasis difiere del anterior.
    La vieja cruz no hacía alianza con el mundo. Para la carne orgullosa de Adán, ella
significaba el fin de la jornada, ejecutando la sentencia impuesta por la ley del Sinaí. La
nueva cruz no se opone a la raza humana, por el contrario, es su amiga íntima y, si lo
comprendemos bien, la considera una fuente de diversión y gozo inocente. Esta cruz deja a
Adán vivir sin ninguna interferencia. Las motivaciones de la vida no se modifican, se sigue
viviendo para el placer, sólo que ahora se deleita en entonar coros, asistir a películas
religiosas, en lugar de cantar canciones obscenas y tomar bebidas fuertes. El énfasis
continúa siendo el placer, aunque la diversión se sitúa ahora en un plano moral más
elevado, aunque no lo sea intelectualmente.
   La nueva cruz define un énfasis nuevo y completamente diferente en la evangelización. El
que evangeliza no exige la renuncia a la vieja vida para que la nueva pueda ser recibida. No
predica contrastes, sino semejanzas. Busca la llave para lograr el interés del público,
mostrando que el cristianismo no hace exigencias desagradables, por el contrario, ofrece las
mismas cosas que el mundo, solo que en un plano superior. Lo que quiere es demostrar que
lo que el mundo pecador está idealizando en el momento es exactamente lo que el
evangelio ofrece, aunque el producto religioso es mejor.
  La nueva cruz no mata al pecador, sólo le da una nueva dirección. Ella lo hace comenzar un
modo de vida más limpio y agradable, pero resguardando su respeto propio. Al arrogante le
dice: “Ven y muestra tu arrogancia a favor de Cristo”; le declara al egoísta: “Ven y
vanaglóriate en el Señor”. Al que busca emociones, lo llama: “Ven y goza de las emociones
de la hermandad cristiana”. El mensaje de Cristo es manipulado en la dirección de la moda
corriente, para volverlo aceptable a la gente.
 
    La filosofía por detrás de esto puede ser sincera, pero su sinceridad no impide que sea
falsa. Es falsa por ser ciega, interpretando erradamente todo el significado de la cruz.
  
    La vieja cruz es un símbolo de muerte. Representa el fin repentino y violento del ser
humano. En la época del Imperio Romano, el hombre que tomaba su cruz y seguía por el
camino, se había despedido de sus amigos. Ya no volvería más, estaba yendo a su fin. La
cruz no hacía acuerdos, no modificaba ni  libraba de nada; ella acababa con el hombre de
una vez por todas. No intentaba mantener buenos términos con su víctima. La golpeaba
cruel y duramente y cuando terminaba su trabajo el hombre ya no existía.
  
 La raza  de Adán está bajo sentencia de muerte. No existe conmutación de penas ni
posibilidad de fuga. Dios no puede aprobar cualquiera de los frutos del pecado, aunque
estos sean inocentes y bellos a los ojos humanos. Dios rescata al individuo liquidándolo y
luego resucitándolo a una nueva vida.
 
  El evangelismo que traza paralelos amigables entre los caminos de Dios y los del hombre,
es falso en relación a la Biblia y cruel para el alma de sus oyentes. La fe manifestada por
Cristo no tiene un paralelo humano, ella divide al mundo. Al acercarnos a Cristo no
elevamos nuestra vida hacia un plano más alto, la dejamos en la cruz. La semilla de trigo
debe caer en el suelo y morir.
 
  Nosotros, los que predicamos el evangelio, no debemos creer que somos agentes de
relaciones públicas, con el fin de establecer “la buena voluntad” entre Cristo y el mundo. No
debemos imaginar que fuimos comisionados para que Cristo se vuelva aceptable a los
hombres de negocios, a los empresarios, al mundo del deporte y a la educación moderna.
No somos diplomáticos, sino profetas, y nuestro mensaje no propone un acuerdo, es un
ultimátum.
   Dios ofrece vida, pero no se trata de un perfeccionamiento de la vida antigua. La vida que
Él ofrece nace de la muerte. Permanece siempre del otro lado de la cruz. Quien quiera
poseerla deberá pasar por el castigo. Es preciso que se repudie a sí mismo y así coincida con
la justa sentencia de Dios contra él. ¿Qué significa esto para el individuo,  el hombre
condenado que quiere encontrar vida en Cristo Jesús? ¿Cómo puede esta teología ser
traducida en términos de vida? Es muy simple. Él debe arrepentirse y creer. Debe dejar atrás
sus pecados y debe olvidarse de sí mismo. No debe encubrir nada, defender nada, ni
perdonarse nada. No debe tratar de hacer acuerdos con Dios, sino inclinar la cabeza delante
del golpe del severo desagrado de Dios y reconocer que merece la muerte. Hecho esto,
debe contemplar, con sincera confianza, al Salvador resucitado, y recibir de Él vida, nuevo
nacimiento, purificación y poder. La cruz que terminó la vida terrenal de Jesús pone ahora
fin a la vida del pecador; y el poder que levantó a Cristo de entre los muertos ahora lo
levanta a una nueva vida con Cristo.
  
Para quien desee hacer objeciones a este concepto, o considerarlo sólo como un aspecto
particular y  estrecho de la verdad, quiero afirmar que Dios colocó su sello de aprobación
sobre este mensaje desde los días de Pablo hasta hoy. Lo que fue declarado, tal vez no en
estas exactas palabras, fue el contenido de toda predicación que trajo vida y poder al
mundo a través de los siglos. Los místicos, los reformadores, los renovadores, pusieron ahí
su énfasis. Y señales, y prodigios y poderosas operaciones del Espíritu Santo dieron
testimonio de la operación divina.
  
 ¿Osaremos nosotros, los herederos de tal legado de poder, manipular la verdad?
¿Osaremos nosotros, con nuestros gruesos lápices, apagar las líneas del diseño o alterar el
patrón que nos fue mostrado en el Monte? ¡Que Dios no lo permita! Vayamos, prediquemos
la antigua cruz y conoceremos el antiguo poder.
  

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